domingo, 3 de mayo de 2020

El retrato de Dorian Gray - Frases y aforismos



El retrato de Dorian Gray.
Editorial Treviana


La Academia es demasiado grande y demasiado vulgar. Siempre que he ido, o había tanta gente que no he podido ver los cuadros, lo que es un espanto, o había tantos cuadros que no he podido ver a la gente, lo que es aún peor. 

La belleza, la verdadera belleza se acaba donde empieza una expresión intelectual. El intelecto es en sí mismo una forma de exageración, destruye la armonía en cualquier rostro.

Cuando alguien me gusta mucho nunca digo su nombre a nadie, es como perder parte de su persona.

La cosa más corriente se vuelve deliciosa solo con ocultarla. 

Lo único que el matrimonio tiene de encantador es que convierte el engaño continuo en algo absolutamente necesario para ambas partes. 

Puedo creer cualquier cosa con tal de que sea completamente increíble. 

La risa no es en absoluto un mal comienzo para una amistad, y es, desde luego, su mejor final. 

Escojo a mis amigos por su buena presencia, a mis conocidos por su buena reputación y a mis enemigos por su inteligencia. 

No puedo evitar detestar a mis parientes, imagino que se debe al hecho de que no podemos soportar a los que tienen nuestros mismos defectos. 

Las personas me gustan más que los principios, y las personas sin principios me gustan más que nada en el mundo.

Lo que la invención de la pintura al óleo fue para los venecianos, o el rostro de Antinoo para la escultura griega tardía, algún día lo será el rostro de Dorian Gray para mí. 

Un artista debe crear cosas bellas pero no debe poner nada de su propia vida en ellas.

El Genio dura más que la belleza. Eso explica el hecho de que nos tomemos tanta molestia en educarnos a nosotros mismos. 

Las mujeres no saben apreciar la buena presencia, por lo menos las buenas mujeres. 

El objetivo de la vida no es otro que el propio desarrollo, realizar a la perfección la naturaleza individual, para eso hemos venido al mundo cada uno de nosotros. Hoy en día la gente tiene miedo de sí misma. Han olvidado el deber más alto, el deber contraído con uno mismo. Son muy caritativos con los demás, por supuesto, dan de comer al hambriento y visten al pordiosero, pero sus propias almas pasan hambre, y van desnudas. 

La única manera de librarse de la tentación es caer en ella. 

Es en el cerebro, y solo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados del mundo.

La juventud es la única cosa que merece la pena poseer. 

La Belleza es una forma de Genio, más elevada, de hecho, que el mismo Genio, pues no necesita explicación alguna. La Belleza es una de las verdades del mundo, como la luz del sol o la primavera, como el reflejo en las aguas oscuras de esa concha de plata que decimos Luna. Es algo que no se puede poner en duda, su reinado es una ley divina. Convierte en príncipes a quienes la poseen. 

El verdadero misterio del mundo reside en lo visible, y no en lo que no se puede ver. 

¡Siempre! Qué palabra tan atroz, solo con oírla me dan escalofríos. A las mujeres les gusta usarla, y echan a perder todas las historias de amor intentando hacer que perduren eternamente. Además, es una palabra sin sentido alguno. La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda la vida es que el capricho dura un poco más. 

Adoro los placeres sencillos. Son el último refugio de los seres complejos. 

El pecado es la única nota de color que queda en la vida moderna.

Los hombres jóvenes quieren ser fieles y no lo son, las mujeres mayores quieren ser infieles y no pueden. 

No quiero dinero, sólo la gente que paga sus facturas lo necesita. 

Siempre quiero saberlo todo sobre mis nuevos amigos, y nada sobre los antiguos. 

Puedo soportar la fuerza bruta, pero la razón bruta es completamente inaceptable. Hay algo injusto en su utilización. Es un golpe bajo al intelecto. 

Hay algo terriblemente morboso en el actual sentimiento de simpatía hacia el dolor. Deberíamos simpatizar con el color, con la belleza, con el goce de vivir. Cuanto menos se diga acerca de las miserias de la vida, mucho mejor. 

La humanidad se toma a sí misma demasiado en serio, ése es el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la Historia habría sido bien diferente. 

Para volver a la juventud, simplemente hay que repetir las locuras que uno hizo entonces. 

Hoy en día la mayoría de la gente muere de una especie de rastrero sentido común, y descubren demasiado tarde que de lo único que nunca nos arrepentimos es de los propios errores. 

Nunca hablo mientras escucho música, al menos si la música es buena. Y si la música es mala, es el deber de uno ahogarla en la conversación.

Hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada.

Los hombres se casan porque están cansados, y las mujeres porque son curiosas. Ambos quedan decepcionados. 

Ninguna mujer es un genio. Las mujeres son un sexo decorativo. Nunca tienen nada que decir, pero lo dicen misteriosamente. Las mujeres representan el triunfo de la materia sobre el espíritu, del mismo modo que los hombres representan el triunfo del espíritu sobre la moral. 

Fundamentalmente, hay dos tipos de mujeres, las que se pintan y las que no. Las mujeres que no se pintan son muy útiles: si quieres tener una buena reputación, ser considerado una persona respetable, simplemente tienes que llevarlas a cenar. Las otras mujeres son tremendamente encantadoras, pero cometen un error, se pintan con la intención de parecer jóvenes. 

Una gran pasión es el privilegio de la gente que no tiene nada que hacer, es para lo único que sirven las clases ociosas de un país. 

Son muchas ls cosas de las que nos desharíamos si no tuviéramos miedo de que otros pudiesen recogerlas. 

Cuanto mayor me hago, Dorian, más profundamente siento que aquello que fue lo suficientemente bueno para nuestros padres, es lo suficientemente malo para nosotros.

Cuando uno está enamorado, siempre empieza por engañarse a sí mismo, y siempre acaba engañando a los demás.

La mayoría de la gente cae en bancarrota después de haber invertido con demasiado empeño en la prosa de la vida. Haberse arruinado con la poesía es un auténtico mérito. 

Siempre hay algo infinitamente mezquino en las tragedias de los demás. 

Nunca nos comprendemos a nosotros mismos, y rara vez comprendemos a los demás. La experiencia no tiene valor ético, es simplemente el nombre que los hombres dan a sus errores. 

Los niños empiezan amando a sus padres. A medida que crecen, los juzgan. Algunas veces los perdonan.

Siempre que un hombre hace algo completamente estúpido, lo hace por los motivos más nobles. 

Las personas poco egoístas son aburridas, carecen de individualidad.

Las clases medias no son modernas. 

Cuando somos felices siempre somos buenos, pero cuando somos buenos no siempre somos felices. 

Para cualquier hombre de cultura, aceptar la norma de su época es la forma más grosera de inmoralidad. 

Los pecados bellos, como las cosas bellas, son privilegio de los ricos. 

Ningún hombre civilizado se arrepiente jamás de un placer, y ningún hombre no civilizado puede llegar a saber jamás lo que el placer es. 

Solo hay dos clases de personas absolutamente fascinantes: las personas que lo saben absolutamente todo, y las que no saben absolutamente nada.

Siempre hay algo ridículo en las emociones de las personas que hemos dejado de amar. 

Las cosas innecesarias son nuestra única necesidad. 

Remordernos tiene algo de voluptuoso. Al inculparnos sentimos que nadie más tiene derecho a hacerlo. Es la confesión, no el sacerdote, la que nos absuelve. 

La única manera que una mujer tiene de reformar a un hombre es aburrirle tanto que llegue a hacerle perder todo interés en la vida. 

Las mujeres aprecian la crueldad, la crueldad más absoluta, más que cualquier otra cosa. Tienen instintos asombrosamente primitivos. Nosotros las hemos emancipado, pero aun así ellas continúan siendo esclavas en busca de su amo, le encanta que las dominen. 

Si no se habla de algo, es que nunca ha sucedido. 

Las devociones que nos nublan la razón encierran un peligro, el peligro de perderlas, no menor que el peligro de conservarlas. 

El arte, más que revelar al artista, nos lo oculta.

Estás hecho para ser adorado.

Me encantan los escándalos de los demás, pero los que hablan de mí no me interesan. Carecen del encanto de la novedad. 

Si un pobre desdichado tiene un vicio, éste se muestra en las arrugas de su boca, o en las bolsas de los párpados, e incluso en la forma de sus manos. 

La juventud sonríe sin razón alguna. Ése es una de sus principales encantos. 

Hay pecados que despliegan una fascinación mayor en el recuerdo que en su misma realización. 

Nadie comete un crimen sin hacer alguna estupidez. 

Tal vez uno nunca se muestre tan natural como cuando tiene que interpretar un papel.

Una de esas mediocridades de mediana edad que tanto abundan en los clubes de Londres, que carecen de enemigos pero a cambio son detestados por sus amigos. 

Es monstruoso que la gente vea por ahí diciendo cosas en contra de uno, y además a sus espaldas, que son completa y absolutamente ciertas. 

Si una mujer vuelve a casarse es porque detestaba a su primer marido. Si un hombre vuelve a casarse, es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban suerte, los hombres arriesgan la suya. 

Las mujeres nos aman por nuestros defectos. Si tenemos los suficientes, nos lo perdonan todo, incluso nuestra inteligencia.

Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer siempre y cuando no la ame. 

Me gustan los hombres que tienen un futuro, y las mujeres que tienen un pasado.

La vida es demasiado breve como para llevar sobre los hombros la carga de los errores ajenos. Cada hombre vive su propia vida, y paga su propio precio por vivirla. La única pena es que haya que pagar tantas veces por una simple falta. De hecho, uno tiene que pagar una y otra vez; en sus tratos con el Destino, el hombre nunca consigue saldar sus cuentas. 

Hemos perdido la facultad de dar nombres bonitos a las cosas. Los nombres lo son todo. Nunca discuto por los hechos, mi única batalla son las palabras. Por dicho motivo odio el realismo vulgar en literatura. Llamar al pan, pan, y al vino, vino, es propio de indigentes espirituales. No se les debería permitir alimentarse de nada más. 

Es mejor ser bello que ser bueno. Pero, por otro lado, no hay nadie tan dispuesto como yo a reconocer que es mejor ser bueno que ser feo. 

La raza representa la supervivencia de los que se abren paso a empujones. 

El escepticismo es el comienzo de la Fe. 

Cada vez que se ama es la única vez que se ha amado. El cambio de objeto no altera la autenticidad de la pasión, simplemente la intensifica. En el mejor de los casos podemos tener una gran experiencia en la vida, y el secreto consiste en reproducir esa experiencia tan a menudo como nos sea posible. 

Las pasiones más fuertes sólo pueden atacar o retroceder; o acaban con la persona, o ellas mismas perecen. Las penas superficiales y los amores superficiales sobreviven; las grandes penas y los grandes amores son devorados por su propia plenitud. 

Llegar a saber algo puede ser fatal. Es la incertidumbre lo que nos fascina. 

Cualquiera puede ser bueno en el campo, allí no hay tentaciones. Por esa razón los que viven fuera de la ciudad son gente sin civilizar. La civilización no es en absoluto algo fácil de adquirir. El hombre sólo tiene dos maneras de alcanzarla, a través de la cultura, o a través de la corrupción. La gente de campo no tiene oportunidad de lo uno ni de lo otro, así que se estanca. 

La muerte y la vulgaridad son lo únicos hechos del siglo diecinueve que no pueden ser explicados. 

La vida conyugal no es más que una costumbre, una mala costumbre, pero cuando se trata de las costumbres, lamentamos la pérdida aun de las peores. Tal vez sea lo que mas lamentemos, son una parte tan esencial de nuestra personalidad… 

El crimen es patrimonio exclusivo de las clases bajas. No se lo reprocho lo más mínimo, imagino que el crimen es para ellas lo que es para nosotros el arte, simplemente una manera de procurarnos sensaciones extraordinarias. 

Uno nunca debería hacer nada que no pueda contar en una sobremesa. 

Las cosas de las que nos sentimos absolutamente seguros nunca son ciertas. 

Haría cualquier cosa por recuperar mi juventud, excepto ejercicio, levantarme temprano o ser respetable. ¡Juventud! No hay nada igual. 

La tragedia de la vejez no es ser viejo, sino joven. 

El Arte no lleva a la acción, más bien aniquila el deseo de actuar. Es absolutamente estéril. Los libros que el mundo tacha de inmorales son libros que le muestran al mundo su propia vergüenza, nada más. 

miércoles, 29 de abril de 2020

El Retrato de Dorian Gray - Ediciones en español


Bruguera 1980 - Traducción Julio Gómez de la Serna
Prólogo de Ramón Gómez de la Serna




Colección Popular Literaria - Años 50
Traducción Julio Gómez de la Serna




Treviana 2008 - Traducción de Alejandro Caja



Millenium 1999 - Traducción de José Luis López Muñoz
Prólogo de Luis Antonio de Villena



Edicomunicación 1999
Traducción Alberto Laurent
Estudio preliminar de F.L. Cardona



Espasa Austral año 2000
Edición y traducción de Mauro Armiño



Espasa Austral - Año 2010
Edición y traducción de Mauro Armiño



Penguin Clásicos 2016
Introducción de Robert Mighall
Apéndice: Introducción a la primera edición 
en Penguin Classics, por Peter Ackroyd (1985)




Reino de Cordelia - 2017
(Edición sin censura)
Traducción de Victoria León
Prólogo de Victoria León




Astiberri - 2012 - Traducción de Beatriz Torreblanca (1997)
Ilustrado por Javier de Isusi








Alma Clásicos Ilustrados 2019
Ilustraciones de David Chapoulet
Edición revisada y actualizada. 
Traducción de Alfonso Sastre y José Sastre









Siruela 2019
Prólogo de Espido Freire
Edición de Mauro Armiño
Epílogo de Mauro de Armiño




Biblok 2019
Traducción de Rodrigo Sánchez Perea



Edimat 2000. Obras Selectas
Traducción de María Jesus Sevillano Ureta

Alba Libros - 2018
Sin especificar traductor. Coincide 
con la traducción de Rodrigo Sánchez Perea.

Club Internacional del Libro - Carlos Moretón e Hijos, Editores, S. A. Madrid - Grandes Genios de la Literatura Universal - 1983


El Club Diógenes Valdemar, 2004, Traducción Beatriz Torreblanca



Edimat Libros 2019. Traducción de María Jesús Sevillano Ureta. Introducción de Rocío Pizarro. 




Plutón Ediciones 2021. Traducción de Benjamin Briggent. Ilustraciones de Alejandro Díaz












Editorial Mariposa Negra Contempla  - Ilustrado por Benjamin Lacombe. Traducción de Mauro Armiño. Esta traducción incluye las frases y expresiones que fueron suprimidas en la versión ampliada de la novela en abril de 1891. Las variantes, marcadas en el texto de esta edición en color gris, se basan en la edición comentada y sin censura de la obra, editada por Nicholas Frankel en 2011. El conjunto constituye una traducción íntegra e inédita del manuscrito de Oscar Wilde. 




Arpa, primera edición Julio 2025. Traducción de José Rafael Hernández Arias.

domingo, 10 de diciembre de 2017

La muerte de Oscar Wilde

Wilde murió (tras un mes de enfermedad final, al parecer terrible en sus últimos momentos) a la 1.50 del mediodía del 30 de noviembre de 1900. Dos científicos de la Universidad sudafricana de Ciudad de El Cabo, Ashley Robins y Sean Sellars, acaban de asegurar -con motivo del centenario de la muerte de Wilde-  que, atendiendo a cuanto sabemos, Oscar murió de una meningoencefalitis, resultado de una otitis crónica mal curada y agravada por una caída durante su estancia en la cárcel. No a resultas de una supuesta sífilis, como tanto se dijo. Bosie Douglas -lo sabíamos- no llegó a ver su cuerpo yacente, pero pagó el funeral. Maurice Gilbert -el gentil y dudoso muchacho-, que acudió al entierro y ese funeral en Saint-Germain-des-Prés, sacó una foto de Wilde, amortajado, en su lecho de muerte. Los que ven hoy esa foto del hombre en reposo eterno, vagamente adornado de laureles, y leen el nombre de su autor -Maurice Gilbert- no suelen saber que el chico era un chapero.


Vida y confesiones de Oscar Wilde


Fue en el otoño de 1891, cuando por primera vez encontró a Lord Alfred Douglas. Tenía treinta y seis años, y Lord Alfred Douglas era un mozo guapo y grácil de veintiuno, con grandes ojos azules y cabellos dorados. Su madre, Lady Queensberry, conserva una fotografía suya tomada cuando aún era alumno del colegio de Winchester: un efebo de dieciséis años, con una expresión que, sin exagerar, puede calificarse de angélica.

Cuando yo le conocí, era aun adamadamente agraciado, bonito como una muchacha, con la belleza, los colores y la tez de la juventud, aunque sus facciones no pasaran de corrientes.... Oscar se sintió atraído por la belleza personal del mancebo y enormemente impresionado por el nombre y la posición social de Lord Alfred Douglas: tan snob, en suma, como sólo un artista inglés puede serlo, gustaba de los títulos nobiliarios; y no cabe dudas que Douglas es uno de los más grandes nombres de la historia británica, con la seducción además de lo romántico. Sin duda, Oscar habló más brillantemente que de costumbre, acicateado por la presencia de Lord Alfred Douglas. Hasta el fin, el mero nombre suyo, íntimamente paladeado, le producía un extraordinario placer. Además, el muchacho le manifestaba una gran admiración, se quedaba pendiente de sus labios, con el alma en los ojos; sin contar que también demostraba una rara inteligencia en sus apreciaciones, acabando por confesar que hacía verso y que era un apasionado de literatura. ¿Podría desearse, acaso, perfección más cabal?

Años más tarde, Oscar me confesó que, desde el principio, había tenido miedo a la audacia aristocrática e insolente de Alfred Douglas.

"Me asustaba, Frank, tanto como me atraía, y traté de evitarlo. Pero él no cejaba; me perseguía obstinadamente, y no supe resistirle. Me indujo a gastos que excedían de con mucho a mis medios. En muchas ocasiones intenté libertarme de él, pero él volvía, y yo acababa siempre por ceder."

Su detención fue la señal para una orgía de odio filisteo tal como Londres no había conocido nunca. La clase media puritana, que había detestado siempre en Wilde al artista y al intelectual burlón, y que no veía en él más que a un parásito de la aristocracia, dio libre curso entonces a su versión y a su desprecio, y todos se empeñaron en superar a su vecino en la expresión de su horror y su desprecio. El juicio de la clase media arrastró a la clase inferior. El pueblo bajo, debe hacérsele esta justicia, experimenta una repugnancia natural por el vicio particular atribuido a Oscar. La mayoría de los hombres condenan aquellos pecados que no les tientan: pero su repulsión, en este caso, es más despectiva que indignada; y, con su habitual humorismo, toda esta historia no fue pronto para el pueblo sino una fuente de burlas obscenas y bestiales. El nombre de "Oscar" se convirtió en su injuria favorita, y se lo lanzaban unos a otros a propósito de no importa qué; conductores de ómnibus, cocheros, vendedores de periódicos, empleábanlo a tuertas y a derechas con verdadero deleite.

La clase superior, por el momento, se callaba, dejando pasar la tormenta. Algunos de sus representantes aprobaban, como es natural, a los puritanos; otros se daban cuenta de que Oscar y sus camaradas habían sido demasiado audaces y merecían recibir una lección.

Los diarios ingleses, que no son más que tiendas para la clase media, se pusieron al lado de su clientela. Sin excepción, rivalizaron condenando al hombre y su obra.

La simple noticia de la detención de Oscar Wilde y de su confinamiento en la prisión de Holloway, llenó Londres de estupor y fue la señal de un extraño éxodo. Los trenes para Dover se atestaron de pasajeros; los vapores que salían para Calais se vieron invadidos por un sin fin de miembros de las clases aristocráticas y acomodadas, que parecían preferir París, y aun Niza fuera de temporada, a una ciudad como Londres, donde la policía es capaz de obrar con tan inesperado rigor. La verdad es que los estetas inteligentes y cultos a que, ya con anterioridad, me he referido, se aterraron ante las revelaciones del proceso Queensberry. Por vez primera, se enteraban de que los lupanares como el de Taylor estaban bajo la vigilancia de la policía y que los individuos como Wood y Parker se hallaban fichados y vigilados. Todos ellos estaban en la creencia de que, en "el país de la libertad", su conducta pasaba inadvertida. El tranquilo descuido en que vivían vióse súbitamente trastornado al saber que la policía londinense estaba enterada de muchas cosas que eutrapélicamente se suponía ignoraban; ¿qué, de extraño, pues, que este inoportuno rayo de luz pusiera en fuga repentina a las tropas del vicio?

El resultado más grave de la negativa de la fianza, fue para Oscar puramente personal. La fuente de sus ingresos se secó. Los libreros dejaron de vender sus libros; el público desertó de los teatros en que se representaban sus comedias; los comerciantes a quienes debía aunque sólo fuera unos céntimos lo demandaron inmediatamente, obteniendo un mandamiento de embargo contra su casa de Tile Street. En un mes, y cuando el dinero le era más necesario que nunca para pagar a su abogados y procurarse testigos, se vio saqueado y malbaratado; con el agravante, debida a su encarcelamiento, de que la venta se efectuó en tales condiciones, que sus bienes, que en tiempo ordinario habrían bastado para cubrir tres veces el importe de sus débitos, fueron adjudicados a precios irrisorios, y el autor que ganaba cuatro o cinco mil libras al año con sus obras se vio declarado en quiebra por una suma de poco más de mil libras. De esta cantidad, seiscientas libras se emplearon para pagar las costas de Lord Queensberry, costas que la familia Queensberry, Lord Douglas of Hawick, Lord Alfred Douglas y su madre, se habían comprometido, por escrito, a pagar, pero que, llegado el momento, se negaron en absoluto a desembolsar. Desgraciadamente, un gran número de manuscritos de Oscar se extraviaron o fueron robados, en el desorden provocado por las diligencias judiciales. Wilde habría podido exclamar con Shylock: "Me quitáis la vida, puesto que me quitáis mis medios de vivir". Pero, en este momento, de cada diez ingleses, nueve aplaudían lo que no era realmente sino persecución y negación de la justicia.

Hace unos años The Daily Chronicle demostró que aunque el patrón general de vida es más bajo en Alemania y Francia que en Inglaterra, no obstante la alimentación en las prisiones francesas y especialmente las alemanas es mucho mejor que en las inglesas, y el tratamiento de los prisioneros mucho más humano.

Fui a la cárcel de Reading y presenté mi carta. El director me recibió y dio órdenes para que Oscar fuese llevado a una habitación en la que pudiésemos tener una conversación a solas... Al cabo de un cuarto de hora me encontré en una desnuda habitación, en la que ya esperaba Oscar Wilde, en pie junto a una mesa de madera blanca. El guardián que lo había conducido nos dejó solos. Cambiamos un apretón de manos y nos sentamos frente a frente. Oscar había cambiado mucho, envejecido sobre todo; sus cabellos castaños aparecían vetados de plata, especialmente en torno de la frente y las orejas. Estaba muy delgado, habiendo perdido lo menos quince o veinte kilos. No obstante, en conjunto, parecía en mejor estado que inmediatamente antes de la condena; sus ojos eran claros y brillantes; las facciones no se veían ya empañadas por la grasa; su voz misma era sonora y musical. Sí, en conjunto, había mejorado físicamente, pensé. Pero, no obstante, en reposo, su rostro tomaba una expresión de abatimiento, de nerviosidad, de cansancio.

Poco a poco fui obteniendo sus confidencias.

- Al principio, fue una pesadilla infernal, más tremenda que cuanto yo hubiera podido imaginar. Ello empezó cuando, obligado a desnudarme en presencia de todos, tuve que bañarme en un agua sucia, bautizada con el nombre de baño, y que secarme en seguida con ayuda de un andrajo color marrón, todavía húmedo, para endosar luego este uniforme de infamia. La celda era una espantable letrina, casi sin aire. La alimentación, solo con su aspecto y olor me producía ya náuseas. Durante varios días, no comí nada, ni siquiera un bocado de pan. Todo se me antojaba inmundo. Permanecía tendido sobre lo que aquí llaman una cama, tiritando toda la noche. No me pida usted que hable. Las palabras no pueden traducir el efecto acumulado de mil incomodidades añadidas a los malos tratos y la inanición constante. Ciertamente que, como en el de Dante, puede leerse en mi rostro que he vivido en el infierno. Pero Dante jamás imaginó un infierno parecido a las prisiones inglesas: verse, oírse; su miseria tenía cierta variedad y una especia de fraternidad.

- ¿Cuándo empezó usted a comer?

- No lo se ya, Frank. Al cabo de unos días mi hambre se hizo tan aguda que no tuve más remedio que comer unas cortecitas de pan y beber algún líquido, te, café o caldo, no se a punto fijo. Cuando empecé a alimentarme realmente, me entró una violenta diarrea, que no me abandonó ya de día ni de noche. Desde el principio mismo, me fue imposible dormir. Me sentía cada vez más débil y tenía alucinaciones terribles. No me pida usted que se las describa; sería pedir aun febril que relatase alguna de sus pesadillas. En Wandsworth creí volverme loco. Wandsworth es lo peor que puede imaginarse. Un calabozo en el infierno no podría ofrecer nada más horrible. ¿Por qué la alimentación es allí tan abominable? Hasta olía mal, impropia aun para perros.

- ¿Era la alimentación lo peor de todo?

- El hambre le debilita a uno, Frank; pero la inhumanidad era lo peor de todo. ¿Qué seres diabólicos son los hombres! Yo no sabía nada de ellos, ni tenía la menor idea de que pudieran existir semejantes crueldades. Una vez, me habló un detenido durante el paseo por el patio, cosa que está prohibida. Se hallaba delante de mí, y murmuró entre dientes, de manera que no le viesen, cuánto me compadecía y su esperanza de que pudiera soportar el suplicio hasta el fin. Sin poder contenerme, yo le tendí las manos, exclamando: "¡Gracias, gracias!". La bondad que había en su voz me arrasó los ojos de lágrimas. Como es natural, inmediatamente se me impuso un castigo por haber hablado; y ¡qué castigo!; no me atrevo ni a pensar en él. Usted no sabe lo infinitamente astutos que pueden ser estas gentes en su maldad, Frank; lo infinitamente astutos que son en el castigo... Pero no hablemos más de ello. Es demasiado doloroso,  demasiado horrible que los hombres puedan ser tan brutales.

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- No me hables del otro sexo, -exclamó con voz despectiva y un gesto de asco-. En primer lugar, en cuestión de belleza, no hay comparación posible entre un adolescente y una mujer. Piensa en las enormes caderas grasientas que todo escultor se ve obligado a disminuir y atenuar, y en las ubres monstruosas y colgantes que el artista tiene que representar pequeñas, redondas y firmes, e imagina luego las líneas exquisitas y finas del cuerpo del mancebo. Nadie que ame la belleza podrá vacilar ni un segundo. Los griegos, que tenían el sentido de la belleza plástica, sabían de sobra que no hay comparación posible.

- ¡Ah, Frank, toda esta historia es puro romanticismo! Cada uno de nuestros encuentros es para mí un acontecimiento. No puedes tener una idea de su inteligencia; cada vez es distinto; yo le presto libros, que él lee, y su espíritu se abre, de semana en semana, como una flor. Rápidamente, en pocos meses, se ha convertido en un exquisito compañero, en un verdadero discípulo. No hay mujer que se desarrolle así, Frank. Las mujeres no tienen cerebro, y consagran toda la inteligencia que poseen a mezquinas vanidades y a celos personales. Ninguna camaradería intelectual es posible con ellas. Gustan de hablar de trapos y no de ideas, de la apariencia de las gentes y no de su esencia. ¿Cómo esperar que el sentimiento romántico pueda florecer sin la fraternidad del alma?... Sí, sí; no hagas gestos de que no; estoy seguro de que lograré convencerte; pues toda la razón está de mi parte. Un ejemplo: mi joven amigo recibió, como es claro, la bicicleta; y de ella se sirve para venir a verme y regresar al cuartel. Cuando tú viniste a París, en septiembre, me invitaste a comer un jueves, día en que él debía visitarme. Le anuncié que iba a comer contigo. No se enfadó lo más mínimo; al contrario, se alegró, cuando le dije que tenía amistad con un inglés director de un periódico; y se quedó encantado pensando que yo podría hablar con alguien de Londres sobre mis conocidos de allí. Pues bien, si hubiese sido una mujer, en lugar de un hombre, me habría visto obligado a mentir; y ella se habría mostrado celosa de mi pasado. A él, le pude confesar la verdad, y como le hablé de ti, se interesó y formuló un deseo. Quiso saber si podría ir, dejar su bicicleta fuera y mirar a través de los vidrios del restaurante para contemplarnos comiendo. Le dije que, probablemente habría también, alguna señora. Y me contestó que le encantaría verme en traje de sociedad, hablando con señoras elegantes. "¿Qué, puedo ir?", insistió. Le dije que sí, y vino, pero no le vi. Cuando, más tarde, volvimos a encontrarnos, me contó que te había reconocido por la descripción que yo le había hecho, y a Baüer por su parecido con Dumas padre, y estuvo delicioso hablándome de todo aquello. Y bien, Frank, ¿acaso una querida habría ido a ver cómo te divertías con otras gentes? ¿Habría mirado a través de los cristales, contenta de que te divirtieras en compañía de otras mujeres y otros hombres? Bien sabes que no existe sobre la tierra una mujer capaz de un amor tan poco egoísta. No hay comparación, te lo digo yo, entre la mujer y el adolescente, y te repito, después de una madura reflexión, que ignoras lo que es una gran pasión romántica y la ausencia de egoísmo en el verdadero amor.

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- Lo que tu llamas vicio, no es un vicio; o, por lo menos, fue un vicio que tuvieron conmigo César, Alejandro, Miguel Angel y Shakespeare. Lo iglesia fue la primera en hacer de él un pecado, para que, luego, en época más reciente, los godos -esto es, los alemanes y los ingleses-, que apenas si han hecho nada por depurar o exaltar los ideales de la humanidad, lo convirtieran en crimen. Condenan todos los pecados que a ellos no les tientan: he ahí su moral. ¡Raza brutal, que se atraca y emborracha y condena las concupiscencias de la carne, mientras se revuelca en los más viles pecados del espíritu! Si leyesen el capítulo veintitrés del Evangelio de San Mateo y se lo aplicasen a sí mismos, algo más ganarían que condenando un placer que son incapaces de comprender. ¡Y qué! Bentham mismo se ha negado a insertar en su código penal lo que tu llamas vicio, y tu mismo has admitido que no se le debería castigar como un crimen, ya que no hace caer en tentación. Tal vez sea una enfermedad; pero, en ese caso, es una enfermedad que no ataca sino a los seres más nobles. Es una infamia el castigarlo.